227. Mis últimos encuentros con el señor Palmer

En el año 2013, tras la muerte de la madre del señor Palmer, de la que me enteré porque lo busqué en la Red y la Red me ofreció como resultado la esquela, al pasar por el centro de salud de Los Limones lo vi en el exterior y fui a su encuentro para darle el pésame. Él me lo agradeció pero por educación simplemente. Llevaba gafas de vista cansada y estaba más viejo. Y nos acercamos ya a la primavera del 2014. Iba a coger el ALSA con destino a León cuando me encontré con la sonrisa del señor Palmer esperándome. Como me tomó por sorpresa me eché a temblar y eso a él pareció divertirlo. Viajamos juntos hasta León, él por cuestiones de trabajo pero se quedó dormido en seguida. Cuando nos bajamos del coche me dirigí a él para darle un abrazo, que estuvo a punto de no aceptar y me marché apresurada, porque no quería que se pensara que estaba esperando por algo más. Habíamos hablado del Camino de San Salvador que yo pensaba realizar y a él le pareció increíble que fuera a poder moverme soportando ese peso que llevaba encima, que estaba en lo cierto y era excesivo. En este camino me enfermaré, teniendo que abandonarlo en Pola de Lena pero al cabo de unos días, cuando dejé de delirar por la fiebre, le hice llegar un mensaje al señor Palmer que decía: «A pesar de tus dudas pude con la mochila y no me salió al paso ningún oso.» Había quedado en regalarle un cuaderno, uno de mis cuadernos, los que él decía que eran como libros pero ese cuaderno, al final, se fue con Anders, un danés.

Días antes del ingreso en el área de agudos del ala de psiquiatría, en enero de 2017, volví a encontrarme por sorpresa con el señor Palmer en una conocida ruta de la ciudad origen. Yo llevaba a Silvestri en los oídos, gafas oscuras y un sombrero de ala ancha, mi sombrero peregrino. Él tuvo la intención de saludarme pero yo sin dejar de esbozar la sonrisa enigmática que me acompañaba por esos días pasé de largo sin hacer ningún gesto de reconocimiento. Fue la última vez que nos vimos en persona. Porque ya cuando él me escribió, a través de la red social, había transcurrido otro año. Me facilitaba su dirección para que le enviara ese cuaderno que yo le había ofrecido y que ya no tenía en mi poder. Después fui yo la que me puse en contacto con él, le remitía los fragmentos de mi biografía de la que él formaba parte pero él ya no me contestó. Ni lo hizo cuando le comuniqué que pensaba publicar los diarios que escribí durante el año largo que pasé con Laura en el parque de los cerezos. Sí que le dije, desde un principio, que si había echado en falta algo en su casa, había sido yo la que se lo había llevado. Mi carta terminaba así: «El amor adquiere formas inusitadas, querido señor Palmer.» La pequeña matrioshka permaneció durante muchos meses, incluso años, en un sobre que pensaba enviarle pero un día, cuando sentencié que no quería volver a verlo, porque mi propia fealdad, la que se había ido adueñando de mí, me lo impedía, rompí el sobre, saque la muñeca, la abrí, me fijé en que la espiral de la última muñequita estaba rota, y encajándola la puse delante de mí, donde puedo observarla cada día de los días que aún me quedan de vida.

*Escrito en ‘Los arrecifes paradójicos’ un 23 de Enero/ 2022

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