226. Mis últimos encuentros con Laura

Con Laura me cité unos meses después de eso, una mañana. Porque probé a llamarla al teléfono fijo y acerté. Laura me contó que estaba un poco cansada de su novio el camello y de hacer cada día lo mismo. No podía tener amistades, ni teléfono móvil, ni redes sociales, porque él era muy celoso. Iban siempre con los amigos de él y cuando no estaban con sus amigos, estaban tirados en un sofá o en una cama, viendo películas y series y fumando porros. Le dije que no era quien para decirle a ella lo que tenía que hacer pero que eso no pintaba nada bien. Le expliqué que lo de los celos sobre todo era un problema, porque no significaba que su novio la quisiera mucho por ello, sino que él se quería muy poco y que lo que demostraba era una inseguridad en si mismo. Pero también la advertí de que por esa necesidad de control y ese sentido de la posesión comenzaba siempre la violencia. Y Laura asentía pero decía que se lo había consentido todo al principio y que ahora ya era tarde para volverse atrás. No reconocía en ella a la niña que Laura había sido pero también era consciente de que yo era mucho mayor que Laura y, sin embargo, había permitido que existiera Hudson en mi vida y Hudson había llegado a denigrarme y no por ello le dejé.

Pasó otro año y de nuevo me puse en contacto con el señor Palmer para tener noticias de Laura. Este, al principio, se mostró reticente a dármelas pero le envié un SMS que decía: «Perdona que te diga que todo lo que tienes de alto lo tienes de idiota.» Fórmula que por lo que sea funcionó porque él me contestó diciéndome que no hacía falta insultar pero con la dirección. Laura estaba estudiando un curso en un centro del extrarradio. Y allá que me fui a verla, que por esa época sí que podría decirse que tenía mis facultades mentales perturbadas, ya que sufría de megalomanía, debido a mi relación con Noo. Le propuse a Laura convertirla en mi modelo de pensatividad. Algo que no vamos a explicar en este momento. Y Laura dijo que tenía que pensárselo, que a ella no le disgustaba la idea pero que estaba su novio, que la llevaba a clase e iba a recogerla y no se separaba de ella. Así que pasó casi otro año más y un amanecer Laura salió de un coche llamándome por mi nombre. Estaba con su novio. Iban tan temprano, los dos, a hacerse cargo de un niño, el sobrino de él, porque su hermana, ese día, no podía ocuparse del bebé. Y los acompañé hasta el edificio en cuestión y en esos 25 metros escasos estalló la tormenta. Porque me enfrenté al novio de Laura, que no quería que su novia fuera modelo de nada, amenazándolo con mi grabadora. Laura, impotente, trataba de que dejáramos de levantarnos la voz pero yo no bajaba los decibelios y el novio menos aún, que no cesaba de llamarme loca. Yo porque quería causarle una impresión de futuro a Laura. Para que cuando las cosas se torciesen con el novio, que se torcerían, Laura recordase cómo lo estaba tratando. Me sentía luchando por su libertad. Pero cuando les di la espalda decidí que Laura se acababa ahí, si no se espabilaba por si misma. Supe, eso sí, que los dos le ajustaron las clavijas al señor Palmer, culpándolo, por haberme dado la dirección de la academia donde estudiaba Laura.

*Escrito un 17 de enero​/ 2022

Anuncio publicitario

Los comentarios están cerrados.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: