225. Laura y su padre al regreso del Camino

Era una decisión firme pero Laura me llamó al cabo de algunas semanas. Me hizo una llamada perdida. Laura tenía una duda moral. Era cierto que había vuelto a salir con su novio el camello pero había conocido a un socorrista guapísimo en la playa en la que se encontraba de vacaciones con su madre y quería saber si podía dejarse llevar, que a eso yo le dije que por supuesto. Aunque la conversación derivó por donde Laura no lo esperaba. Por Gracia, la Camello.

Cuando arribé a la ciudad origen, después de 41 días en la ruta, decidí invitar a comer a Miora en la Taberna del Enano. En un momento dado, fui al baño y conocí a Gracia. Gracia se sobresaltó cuando abrí la puerta pero me quedé en la inopia de por qué sucedía eso. Y comenzamos a hablar y yo, como Gracia era tan abierta y estaba celebrando sus vacaciones, en seguida le pregunté si sabía donde podía comprar hachís y Gracia me dijo que estaba de suerte, que ella trabajaba pero que para ganarse un dinero extra lo vendía. A mí, entonces, que tanto había buscado quién me suministrara la sustancia, me siguió pareciendo que el «Poder» que me había acompañado todo el Camino seguía conmigo y me estaba premiando, y me fui con el teléfono de Gracia, que me explicó que tenía una hija que tenía problemas en la escuela, porque se burlaban de ella, porque su hija era demasiado inocente y creía en cosas que los demás niños ya no creían. Hasta ahí bien, ¿no? Pero la niña tampoco sabía leer ni contar. Como yo tenía algo de marihuana en casa, y me había acostumbrado a mis pausas, tardé más de quince días en ponerme en contacto con Gracia. Sucederá algo en ese momento, tres cosas. La primera fue que tuve que disculparme con un antiguo «noviete» por haberme quedado con el ejemplar de ‘El Silmarillion’ que él me había prestado hacía más de 20 años. La segunda que pasó por allí alguien que se detuvo con nosotras, porque era amigo de Gracia, y que me conocía de la infancia y que nada menos que decía que todavía recordaba el beso que nos habíamos dado. Cuando yo no sospechaba ni siquiera que nosotros hubiéramos hablado nunca. Es verdad que él pudo haberlo soñado pero parecía tan convencido de lo que contaba que saqué en conclusión que tenía una vida secreta para mi misma y me horroricé. La tercera fue la hija de la camello, que dibujó, en la libreta que le tendí, un castillo, sin puertas ni ventanas. Y dentro del castillo un círculo, en el que se encontraban una princesa y un hermanito, a los que nadie podía ver porque estaban dentro del círculo y del castillo. El hermanito existía, por supuesto. Y, luego, en el exterior un hada con una varita mágica, que es la que se suponía que tenía que hacer magia para rescatar a la princesa y al hermanito. Y a ella misma se dibuja como una flor. Y esto Laura, que se ha puesto a la defensiva, no lo quiere entender. Porque dice que conoce a madres que fuman hachís y que lo tienen todo bajo control y que no ve que eso pueda suponer un problema.

Algún día más hablamos, después de eso. Laura me llamaba pero a través del teléfono de su novio el camello. Incluso yo hablé con él y traté de explicarle lo importante que era Laura para mí.

Con el señor Palmer también tuve un contacto por teléfono, en esos meses previos a mi Camino del Norte, en el año 2010, mientras él freía algo en la sartén. Se trataba de viajar. Era lo que yo le proponía, porque lo que no me atraía era la idea de acostarme con él en su piso de soltero, y a él le interesó. Dos o tres días andando juntos. Quedamos en que la ciudad podía ser Bilbao y mí me gustó la irónica opinión que él tenía de algunos artistas y de algunas exposiciones de arte. Mis sensaciones con el señor Palmer mejoraron pero partí sola hacia Irún y entonces no le dije nada. Curiosamente conocí a Jon Iturrarte, un artista marginal, en Zarautz, y, «por mediación suya», a un filósofo español que tuvo unas palabras de agradecimiento para conmigo en el prólogo de uno de sus libros, por unas lecturas de su obra fenomenológica que le hice. Eso le contaba al padre de Laura cuando me lo tropecé por la calle, al año siguiente, y me invitó a subir a su casa, con el fin de regresarme el contenido de aquella bolsa de psicomaga. Me llevó al trastero y fue así como recuperé el cultivo espiritual, ‘Sobre el amor y la soledad’ y ‘La Eva Futura’. ‘El Silmarillion’ y el libro de Luis Muiño no lo quise. Y el vestido él decía no recordarlo siquiera. Así que de forma inmerecida se quedó con él. Como yo me  quedaré con algo suyo minutos más tarde. Cuando me dejó sola en el salón de su casa, para ir a servirme un vino. Vi una matrioshka en la estantería de los libros y esta tenía una espiral dibujada en la cabeza, como aquella que imaginé. Así que comencé a abrir las muñecas y cuando me encontré con la que consideré la última me la metí en el bolsillo y me apresuré a encajar otra vez las muñecas y dejar la matrioshka en su sitio. Él llegó con el vino y no sospechó nada. Estuvimos hablando de Noo, el genio de la genética como lo llamaba él, y de la inmortalidad. El señor Palmer también recibió una llamada de su novia. Y cuando me acompañó al ascensor y me miró de aquella manera en la que él solía mirarme, como un seductor, yo nos encontré a los dos vacíos. La atracción fatal que habíamos experimentado el uno por el otro se había esfumado.

*Escrito en ‘Los arrecifes paradójicos’ un 17 de Enero​/ 2022

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