31. El tránsito de Neptuno

Llevaba días sin ver a tu padre cuando recibí aquel primer mensaje en mi teléfono. Era de alguien que no se identificaba. Sugestionada por mi conocimiento de la astrología, y bajo los efectos de lo que creía que era un tránsito del planeta Neptuno sobre mi Venus natal, interpreté «ese mensaje» como un «pródromo» de lo que se avecinaba: una mutación existencial de mi sistema de valores. Había leído varias veces ‘El efecto de Neptuno’ de Patricia Morimando y el aviso no podía ser más diáfano; así que, a nivel inconsciente, no podía hacer otra cosa que reproducirlo: me gustase o no me sentiría confusa y en mi estado sería proclive al autoengaño. Por si esto fuera poco, comencé a leer, en ese momento, ‘El Peregrino de Compostela’ o ‘Diario de un mago’ de Pablo Coelho. Conjunción de dos factores que, a toro pasado, me resultarían insoslayables.

A ese primer mensaje le siguió otro, y a ese otro más y otro y un sinfín. Yo tenía que contestarlos porque mi esperanza era que me los estuviera escribiendo tu padre. Eran de un hombre que me hablaba de lo que significaba para él y del deseo que tenía de encontrarse a solas conmigo. Miora me advirtió que era un envido peligroso por el que había empezado a apostar, porque aceptaba la venda que se me ponía en los ojos, y a ella su juicio le sugería que no se trataba de tu padre, aunque como yo acabará cediendo a las «evidencias».

El primer contratiempo fue que el saldo de mi tarjeta prepago se agotó en seguida. Pero, como si se tratase de magia, se lo comuniqué al que estaba al otro lado de esos SMS y, de pronto, mi saldo no tenía límite. A intervalos comencé a manifestarme cariñosa como me apetecía serlo con tu padre. Que quizá fue eso por lo que el de los mensajes un día se animó a decirme quién era en realidad: el señor Arrojo. Pero, entonces, ¿qué interpreté yo? Pues sencillamente que era un valiente. Aunque no sé por qué razón otro día no lo tuve tan claro y, a partir de ahí, fue una zozobra: que fue cuando pensé que podía tratarse de Peter. Y aunque él me juró que no tenía nada que ver, fui incapaz de no ponerme muy desagradable con él. Otra contrariedad la supuso Manolo, mi jefe de los miércoles, que no comprendía, de pronto, qué me ocurría y que quiso forzarme a estar más pendiente en mi «trabajo»; es decir, pendiente suyo. Tratando de hacerme ver que el problema, si recibía unos mensajes anónimos y los respondía, era mío. Instante en el que efectué con él el corte violento y apliqué la distancia esquizoide.

Y era cierto, el tránsito de Neptuno sobre mi Venus natal iba a transfigurar mi sistema de valores, porque yo ya estaba admitiendo que tu padre pudiera sostener más de una relación de índole sentimental al mismo tiempo. Algo que, al principio, me había parecido impensable, a pesar de que yo misma -ya lo sabes- mantenía una relación con Hudson. Me estaba convirtiendo en otra más tolerante y comprensiva, que será lo positivo que saque en conclusión al final del proceso: aquellos ámbitos en los que estaba por completo cerrada y a los que me abrí. Aunque he de reconocer que, en verdad, sólo de forma transitoria. Porque por las relaciones que me esperan en el futuro sabré que este cambio no fue profundo. O tal vez lo era pero mi nueva amplitud de miras se limitaba estrictamente a tu padre.

También habré alcanzado el punto, en la lectura del libro de Coelho, ‘El peregrino de Compostela’, en que éste comienza a hablar del amor que devora, del ágape, que no es otro que el que Jesucristo nos enseñan que siente por nosotros. Un día, tras días de apenas haber dormido, comienzo a mensajearme con el «señor Arrojo» muy temprano, y paso todo esa mañana y toda esa tarde haciéndolo, y también paso toda esa noche en una actividad febril… El «señor Arrojo» me está hablando de su realidad, que es la de experimentarse muy solo y sólo poder consolarse con prostitutas. Mi conmoción por él es extrema. He cruzado la línea que existe entre el estado hipomaniaco y la manía y, por vez primera, estoy teniendo un brote psicótico y yo no lo sé. O tal vez era lo que el psiquiatra Javier Álvarez nos da a conocer como «status epilepticus partialis». la hiperia.

Empapada en lágrimas de misericordia, cuando Coga se marcha a su trabajo, me tumbo en la cama y un extraño céfiro me envuelve, mientras me percibo siendo trasladada al instante de la crucifixión. Estoy bajo la cruz y Cristo, desde su semblante de compasión infinita, me mira sólo a mí, que en mi compasión infinita, no puedo dejar de llorar por él y por la triste realidad que ahora conozco del «señor Arrojo», o sea, siempre en mi pensamiento, tu padre. La experiencia fue inefable pero de ella conservaré, durante muchos años, una sentencia a la que se me exhortaba: «¡Perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Sin poder dormir, cuando el llanto catártico fue cesando, me duché y salí a la calle. Me experimentaba como elevada, como si no pisase el suelo, no por encima de nadie sino purificada, bendecida, existiendo en la benevolencia y magnanimidad más absolutas. Era una elegida. Y esto será lo que yo llame durante mucho tiempo «mi experiencia cumbre». Porque lo sucedido en esas horas tardaré largos años en olvidarlo e impregnó toda mi naturaleza.

Pero vayamos a lo que importa. Por esos días le hice llegar una rosa roja a tu padre a su centro de trabajo. Yo misma la elegí en la floristería, aunque en principio iba a ser Miora la que iba a ayudarme con ello. Escribiendo en una nota que la acompañaba: «Es muss sein! Es muss sein, ja, ja, ja!» Palabras en alemán que pertenecían a ‘La insoportable levedad del ser’. y que podían generar cierta confusión, ¿no? Y lo más grave, intenté colarme en su consulta sin que me invitara a hacerlo, arrojándome en sus brazos. Algo que lo dejó atónito. Creo que me echó, por supuesto pero no a cajas destempladas, porque también el sentimiento, de algún modo, tiraba de él. Yo, en mi psicosis, creía que tu padre sólo estaba disimulando o protegiéndose.

Al final Cami, convencida como se sentía de la identidad del que le enviaba esos mensajes, se decidió a tener una cita con el «señor Arrojo».. Cami era como había comenzado a llamarla él. Que debute en este párrafo distanciándome de mi misma es lógico hasta cierto punto. Porque ese será uno de los mayores golpes que me he llevado en la vida. El «señor Arrojo» y yo quedamos en encontrarnos en la calle en la que vive Miora, que observó todo lo que sucedió desde su salón. El señor Arrojo me esperaba en su mercedes clase C, una berlina de color negro. Cuando vi el coche detenido delante de mí y a ese desconocido dentro de él reaccioné con mucha sangre fría. Lo hice conducir hasta la Ronda, desde donde Miora podía observarlo mejor porque había más luz, y bajarse del coche, para que me explicara quién era y quién le había dado mi teléfono. Él no daba crédito a que no lo reconociese. Era el padre de Marcos, un adolescente que era compañero mío en el cursillo de tenis. «¿Vas a subir al coche, Cami?» -me preguntó. «Yo con usted no voy a ir a ninguna parte» -le dije. Entonces me di media vuelta y lo dejé con un palmo de narices. Y no sé quien de las dos se sentía más decepcionada, si Miora o yo. Pero nos pusimos a hablar y ella me explicó que el señor Arrojo, al menos, se merecía que le diera una oportunidad, porque había sido a través suyo que yo había experimentado lo Sublime. Y eso era cierto. Así que al día siguiente él regresó a buscarme y me llevó a un pueblecito marinero, donde estuvimos tomando algo y hablando de lo sucedido. Pero ni él me gustaba un ápice ni, entonces, me convenció. Era un mafioso que sólo sabía presumir de lo rico y poderoso que era. Yo había estado transcribiendo cada uno de los SMS que cruzamos a mi serie de cuadernos, los cuadernos que iban del trece al diecisiete. Él, dos tardes después, me envió un taxi para recoger esas fotocopias, y cuando las tuvo en su poder me dijo que era «una policía cojonuda», y que eso sería aceptado como prueba en un juicio. Entonces, le aseguré que no pensaba denunciarlo pero a cambio sólo quería que se olvidase de mí, y lo cierto es que no recibí nunca más ni una sola noticia suya.

Ahora bien, las palabras y promesas de amor más hermosas que yo había escrito nunca se las escribí a tu padre en esos cuadernos. No te las voy a transcribir, porque ya te expliqué porque no puedo hacerlo. Esos cuadernos también se los entregué. Lo malo fue, o lo malo vino, cuando quise recuperar mi diario de deseos. Sí, porque lo otro eran siempre fotocopias, a excepción de los tres primeros cuadernos y éste. Y lo malo fue que tu padre quiso tomarme el pelo. Así que no me dejó otro remedio que el de montarle un número muy grande, a las puertas de su consulta. Tal vez motivado porque un día vi a Luisa, que creo que era paciente suya, pasar a su interior. Y ese coraje que me dio que él tratara de vacilarme, cuando yo para él sólo tenía los mejores anhelos, fue el que me dio fuerzas para quitarme de en medio y desaparecer de sus días y de vuestras vidas. Entré en la Red y me transformé en En_Penumbra. Eso fue a finales del año 2001. Sentía que me habían robado mi humanidad y me convertiré en una experimentadora. Te ahorro los detalles pero si algún día coincide que nos veamos y te apetece saberlos… no dudes en preguntármelos.

Bueno, mi niña, y hasta aquí la primera parte de mi historia. La que me habría encantado compartirte. La que sé de sobra que tú, en aquel entonces, hubieras comprendido mejor que nadie. Muchos besos.

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30. Los besos del señor Palmer

En la ciudad origen

A 22 de Noviembre/ 2021

Querida Laura:

Aún no te he hablado de Peter y Marta. Esta última ya ha asomado por entre mis letras, el día que tu padre me preguntó, en el parque de los cerezos, si yo era Carmen la fotógrafa… Marta era una niña que tenía su hogar en las proximidades del Centro de Salud de Céspedes. Y tendría unos siete u ocho años cuando la conocí. Marta era rubita, con mucho desparpajo, y era capaz de sustraerte el alma con un sólo pestañeo de sus ojos verdes de gata. Los padres de Marta tenían un bar allí mismo, que era el que frecuentábamos mi abuela y yo a la hora del mediodía, cuando Marta salía de clase. Te preguntarás si yo no hacía otra cosa que pasearme por el mundo y estarás en lo cierto pero prosigamos… La consulta de tu padre miraba a este bar. Estaba prácticamente sobre él, a escasos metros. Y ahí fue donde yo cristalicé mi amistad con Marta. Practicaba con ella la tabla de multiplicar batiendo las palmas, patinaba y la enseñé a jugar a las palas. Date cuenta que esto sucedía en unas escaleras. También hacíamos muchas fotografías. Era mi manera de seguir siendo feliz, al no perder, en lo posible, el contacto con tu padre. O estaba delante de su puerta o estaba detrás de sus ventanas. Pero a Marta la quise de verdad, por ella misma. Y me rompió el corazón cuando en carnavales sus padres decidieron que no podíamos continuar con nuestra relación. A Marta le sucedía como a ti, que también me quería mucho. Y como me había sucedido antes, con Aroha y Sara, de quienes no procede que te hable, su madre no estaba por la labor de tener que compartir o disputar su cariño conmigo. Los celos no son solo cosa de las relaciones entre hombres y mujeres, y yo no sé a qué nivel los sentía ella, porque era una mujer que siempre sonreía.

Peter no, Peter pertenece al ámbito del Bar86. Era un desconocido que se hizo asiduo en las tardes de los miércoles. Y fue precisamente por mis celos de Somoza por lo que yo entré en contacto con Peter. Un día hice por cruzarme con él en la puerta y le puse, con disimulo, mi número de teléfono entre las manos. Yo creo que cuando Peter me llamó… tu padre también lo supo. O eso era sólo lo que yo pretendía. Y me fui con él. Era el entrenador de futbol del equipo rival de ese en el que jugaba tu hermano. Peter y yo llegamos a besarnos pero yo fui incapaz de continuar adelante. Sobre todo cuando me descubrió que él era compañero de Coga. Así que, lo mismo que había sido yo quien había dado un paso adelante… fui yo la que dio un paso atrás. Algo que me temo que él no encajó demasiado bien, porque parecía haberse prendado conmigo. Pero dejemos aparcado a Peter aquí, por el momento…

En marzo del 2001, tu padre, una mañana, abrió la puerta de la consulta y me invitó, delante de sus pacientes, a pasar a su interior. Es muy esquemático lo que puedo contarte. «¿Por qué comerse un marrón? Cuando la vida se luce poniendo ante ti un caramelo» -creo que recitó. Le tendí la mano. (¿Recuerdas cuando se la tendí en el parque? A esta vez me refería.) El dudó pero me la aceptó y sonrió. «¿Te aburres?» -sé que le pregunté. Asintió e inmediatamente tiré de él y me lo llevé conmigo detrás del biombo. Agarré sus manos y le hice ceñirme la cintura, tendiéndole mis labios. Mientras él sólo me decía: «No hagamos esto, que luego será peor.» Yo puedo jurarte que no sé lo que me sucedió. Él me acariciaba los labios con sus labios y me acariciaba las sienes llamándome con suavidad por mi nombre, para sacarme del trance en el que me habían sumergido sus labios. Tardaré años hasta que, entre los brazos de Manuel, vuelva a experimentar un sentimiento amoroso tan genuino como ese que experimenté por tu padre tras ese biombo. Pero lo que me convenció de que era mutuo fue el hecho siguiente. Fue que cuando fui a salir por la puerta él me hizo girarme y me agarró entre sus brazos, envolviéndome y dándome un auténtico beso de amor, sin importarle quién pudiera vernos por las claraboyas. Y aún así no marcó mi número de teléfono.

Un mes después, Tesa, la enfermera de mi abuela, me llamaba la atención y me advertía que debía de tener cuidado pero no le hice ningún caso. Ella vino a decirme que tu padre se estaba comportando como un canalla conmigo, aunque fue una afirmación sutil y no llegó a nombrarlo. Y el cuidado debía tenerlo porque estaban dispuestos a tomar represalias contra mí. Ten en cuenta que yo utilizaba la puerta del centro de salud para dejarle mensajes a tu padre. Y que en alguna ocasión crucé la línea e incluso le hice llegar esos mensajes por mediación de otros médicos, en cartas que no iban dirigidas a él pero que eran para él. Estaba, por vez primera, al borde de tener un brote psicótico y yo lo ignoraba.

La siguiente ocasión en la que tu padre me hizo pasar al interior de su consulta fue en el mes de julio, al regreso de vuestras vacaciones. «Estás dando mucho que hablar -me dijo. Y la gente es muy mala.» Pero qué le contesté yo: «Pues no me hables tú.» «¡Hala! Eso. No es eso» -me decía él. Echándoseme encima, porque entonces se me echó encima. Y nuestros besos y caricias no fueron los besos del amor, sino los de el deseo. Sin embargo, las claraboyas seguían existiendo. Ahí fue donde pienso que nos tuvo que ver «Don» Santos, el médico que tenía la consulta a su lado. A mí no me suele gustar utilizar el «don» con nadie pero creo que en este caso procede. Ya que tanto su madre como su mujer vinieron a recordarme, estando con Marta, quién era él. Su madre para pedirme que no le escribiera cartas a su hijo, porque no era poeta. Y su mujer, una antigua profesora mía, para decirme que tenía unas cartas en su casa que me pertenecían. Yo, «ingenua de mí», al principio pensé que refería a las cartas del Tarot, que podía haber perdido… Pero no. Aguanté el tipo como pude, claro, y ya te imaginarás mi vergüenza, ¿no? El caso es que ellas llevaban razón pero yo era de la opinión de que, primero, no hay mejor lugar para esconder un amor que otro «amor», y segundo: la mejor defensa es el ataque. Y eso hice. Escribirle esta vez una auténtica carta, con mi nombre y apellidos, en la que lo amenazaba y lo llamaba enano mental. Y debió resultar efectivo, porque no tuve más noticias suyas, ni de su mujer ni de su madre.

Ah, se me olvidaba. Ese último día en el que me besé con tu padre… terminé por hacerle entrega del cuaderno que escribía en ese momento, el que yo llamaba mi cuaderno de deseos, el cuaderno número 12, que ni siquiera había finalizado. Esto es importante porque me las voy a ver y desear para recuperarlo.

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28. Una nota en el interior de mis cuadernos

Tu padre, a los pocos días de esa entrega de cuadernos, comenzó a trabajar en él Centro de Salud de Céspedes, donde permanecerá durante años. Yo le veía casi todos los días allí, porque a mi abuela le recetaron un tratamiento para su osteoporosis y tenía que ponerse una dolorosa inyección a diario. Habían transcurrido unos tres meses cuando, un día que le intercepté, él aceptó regresármelos. Me citó al lunes siguiente en su trabajo, salió de la consulta, y me los puso en las manos. Yo creí que no había cambiado nada pero, en parte, me equivocaba. Miora me había contado que él y Luisa sostenían una relación clandestina que ahora era pública y notoria. Lo sabía todo el colegio. A ella se lo dijo su amiga Gemma pero Miora no me explicó nunca lo que ella le dijo a Gemma de nosotros, de tu padre y de mí. Aunque en nuestro caso poco había que contar.

Sólo sé que llegué muy triste con mis cuadernos a casa de mis padres y con una sensación grande de derrota. Cuando aquella pequeña nota voló de entre sus páginas.

«Hay una canción extra que no tiene que ver con el resto, aunque el sonido no es muy bueno, quiero que escuches la letra, en ella se refleja lo que tú eres para mí y cuando sueño, lo que me gustaría que tú me pudieras dar algún día.«

De pronto, no cabía en mí de gozo. Y me fue difícil disimularlo, cuando Coga vino en mi busca. Eran cerca de las tres de la tarde, cuando de repente vi a tu padre y no me tiré del coche de milagro. Coga me dejó en la gasolinera que hay cerca de la estación de autobuses y eché a correr, desencajada, calle arriba, hasta los Ministerios, que fue donde grité su nombre. Presa de la desesperación iba llamando a los timbres de todos los edificios y empujaba sus puertas por ver si alguna se abría. Quería sustraernos de la mirada de las gentes y tu padre decía: «No hagas eso. Ya hablaré contigo. Deja que pasen los días. No sé si esta tarde mi mujer me va a llevar al juzgado.»

– ¿Estás enamorado de Luisa? -le pregunté.

– ¡NO! -exclamó y parecía sincero. Fue un mal momento. ¿No sabes lo que es un mal momento? Bueno, ¿cómo no vas a saber tú lo que es un mal momento?

Se refería a todo lo que le había compartido a través de mis cuadernos: el infierno de mi vida.

– ¡ABRÁZAME! Abrázame sólo. Sólo te pido eso.

– ¿Pero estás loca? Son las tres de la tarde y cualquiera puede vernos.

Y era cierto nos habíamos detenido frente a la iglesia mayor, en una de las plazas más públicas y menos sombrías de la ciudad origen. Y lo único que logré fue arrancarle el título de un trabajo de Joaquín Sabina ‘Mentiras Piadosas’ -dijo. Y a continuación: «Todo te va. Todo te va.» Lo repetía como si hablara consigo mismo y mirándome de aquella manera demente que jamás olvidaré.

– ¿Y cómo voy a descubrir qué canción es?

– Son sólo frases sueltas pero todas te van. Lo sabrás pero dame tiempo para arreglar lo mío y hablaremos, de verdad.

– ¡Arréglalo! ¿Lo harás?

Y él me prometió que trataría de arreglarlo con tu madre. Y yo aquella tarde me metí en la primera tienda de discos que encontré abierta y les pedí que me dejaran escuchar el L.P entero y fue cierto, cuando la escuché lo supe. Y comprendí aquello que él me dijo, aquello de que me relacionara con la medicina.

«A ti que te lo haces de baile de disfraces cada día./ A ti que te lo montas de niña tonta en medio de una orgía./ A ti que me has ganado con un naipe marcado la partida./ A ti que te has colado en el coto privado de mi vida./ A ti que aún no sabes los besos que te caben en la boca./ A ti que has comprendido que a veces el olvido se equivoca./ A ti que has preferido vivir como si nada fuera eterno./ A ti que has compartido conmigo una almohada en el infierno./ A ti que has decidido no prestar atención a frases del tipo: ‘ese menda va a ser tu ruina.’/ A ti que has detenido con un beso el reloj./ A ti que me enfermas./ A ti que eres mi envenenada medicina./ A ti que vas de prisa por miedo a que la risa se marchite./ A ti que te diviertes jugando con la muerte al escondite./ A ti que has levantado el árbol de tu nido en mi tejado./ A ti que has dirigido la flecha de cupido a mi costado.»

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27. Los 17 cuadernos de Miquelrius

En la ciudad origen

A 21 de Noviembre/ 2021

Querida Laura:

Dice Caballero Bonald que no sin ser deformada puede la realidad exhibir sus enigmas. Tal vez por eso no puedo reconocerme ahora en aquello que actué entonces. Verás, algo escribí pero no conservo ni la más remota idea del qué. Tenía que ver con el Bar86, eso seguro. Quería protegerme las espaldas. No me preguntes cómo pero ese escrito que dejé caer, o que introduje por debajo de la puerta, o vete tú a saber, podía perjudicar a tu padre. Veladamente, de forma sutil pero perjudicarlo, al fin y al cabo. Ya te digo que es más una sensación, que hace tiempo que me acompaña, que un recuerdo. Y a medida que avancemos en mi relato surgirán más lagunas. Hasta que nos adentremos en aguas pantanosas y yo termine por hundirme en ellas.

En abril del mismo año, una mañana me cruzaré con tu padre en La Campa. Nos detuvimos e intercambiamos unas palabras. No sé si le recriminé que no se hubiera puesto en contacto conmigo pero creo que fue idea suya el que nos viéramos más tarde, porque él me dijo que tenía que hacer unas gestiones. Debí imaginarme que había algo que no marchaba bien, cuando me citó en el Centro de Salud de Céspedes. Yo acudí a esa cita con los nervios bastante alterados, por la emoción del esperado encuentro pero él no se presentó y cuando comprendí que no vendría quise disculparlo. Estaba entrando en el territorio de la disonancia cognitiva. Aunque todavía el peligro estaba lejos, que llegará…

Algo que no te he contado es que algunas noches espiaba vuestras cenas desde la avenida, amparada en las sombras de un portal próximo a tu casa. Y era a tu padre a quien veía retirar los platos y luego fregarlos. A veces él sabía que me ocultaba allí pero no sé lo que pensaba de ello. Nunca me lo dijo. Sólo sé que apagaba la luz y se asomaba, desde una distancia prudente. Tan diferente a aquel primer día en el que al verme andar por la calle ocupó toda la ventana con su camisa blanca.

La relación con la jauría se había ido estrechando. Quiero decir que tu padre cada vez pasaba más tiempo con ellas. Eso sí, cuando no estaba tu madre delante. Porque cuando estaba tu madre se comportaba como un marido circunspecto. Yo sospechaba que él se sentía atraído por Somoza, la pelirroja de ojos azules, que era la que tenía, además de belleza física, las mejores caderas. Pero pronto comenzó a estar siempre con las dos, con ella y su amiga Luisa, una morenita insignificante aunque pizpireta. Y cuando tu padre comenzó a enviarle a Luisa mensajes, a su teléfono móvil, ellas quisieron que yo lo supiera. Al menos lo imaginaba. Como también me imaginé que fueron ellas las que me hicieron aquella llamada, «para preguntarme por mis honorarios». Pero el teléfono tuvo que facilitárselo él. A no ser que ellas conservaran una de mis hojas volantes…

La segunda quincena de junio caí por vez primera en picado. Y no exagero. Estuve a punto de estrellarme. Por esas fechas os fuisteis de vacaciones y a mí me faltaba el aire. Cuando regresasteis os vi a todos, a ti y a tu amiguito, el hijo de Luisa, a tu hermano y a ella y a tu padre, jugando con las raquetas en el colegio. Ellos también me vieron y se rieron de mí. Algo a lo que ya me estaba acostumbrando porque él hacía meses que le había dado curso a esa actitud. Pero yo pensaba que en el fondo me lo merecía, porque estaba eso turbio que obré y ya te he confesado, aunque no haya sabido aclararte a ciencia cierta el qué. Así que tomé una decisión, ya que no quería renunciar a mi amor… Le escribiría para aclararlo todo. Y eso estuve haciendo durante semanas. Fue así como formalicé mis primeros tres cuadernos de Miquelrius, de esa serie que alcanzará a tener diecisiete. Los cuadernos eran muy originales, porque los escribía sólo por una cara y cuando llegaba al final del cuaderno por la contraria. De ese modo, los abrías por cualquier parte y te encontrabas en un día y lo girabas y te encontrabas días más allá o más acá. Sólo quedaba entregárselos. Sí, porque en ellos yo no le escatimaba nada a tu padre. Ni de lo que sentía por él (a estas alturas ya tendrás conocimiento de que soy un ser humano bastante obsesivo), ni de lo que sentía y experimentaba con Hudson, en toda su sordidez.

Y tuve suerte. Un día averigüé que estaba cubriendo una baja en una población aledaña y fui en su busca. Tu padre, al principio, no reaccionó muy bien pero aceptó el paquete que le tendía y me prometió que eso era algo que quedaría sólo entre él y yo.

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21. Una ecuación muy simple

En la ciudad origen

A 20 de Noviembre/ 2021

Querida Laura: 

Aquella primera noche, después de haber abordado a tu padre, me senté delante de mi ordenador y estudié su mapa del cielo. Había un contacto de Saturno entre nuestras cartas, el mismo contacto que él soportaba en su carta de nacimiento. Estaba perdida. ¿Cómo no iba yo a sentir miedo? Pero no voy a perder el tiempo aquí, explicándote cosas que te resulten incomprensibles. Sólo te diré que también había otro poderoso contacto que justificaba nuestra atracción. ¿Te acuerdas?: «Me atraes pero al mismo tiempo me das miedo.» Una ecuación muy simple.

Al día siguiente, cuando ya había oscurecido vi a tu padre que caminaba en nuestra dirección, con las manos en la espalda por la avenida del Colegio, en compañía de tu hermano. Venía muy serio, como uno de esos padres severos que sacan en las películas sobre lores ingleses que van a internados. Me pareció que venía reprendiendo a tu hermano. Tu hermano traslucía que se sentía abrumado. ¡Qué diferencia de trato! -pensé. El que había de ti a tu hermano. Yo ya creía saber lo que tu padre llevaba dentro y me asusté. ¡Pobre niño! Yo no tenía que irme con él a casa pero su hijo no tenía escapatoria. Y fue muy impactante ese paso. ¿Qué iba a hacer yo si algún día tu padre me odiase y quisiera vengarse? Era un hombre inexorable o, al menos, existía la posibilidad de que lo fuese. Aún así experimenté una atracción aún mayor. Horas antes era un hombre distinto. Coga me había dejado a las puertas del Bar86. Yo despreocupada de Coga le despedí con un gesto de esos de «hala, ya puedes irte». A tu padre le hizo gracia, que yo no tuviera ojos más que para él, y reía. Me hacía feliz verlo feliz.

En el Bar86 la complicidad entre nosotros era impresionante. Las brujas estaban intratables. Parecía que se olían nuestro concierto. Y era, de nuevo, como burlar el bloqueo.

Alma me dijo que tu padre estaba sustituyendo a su médico. Y nosotras teníamos cita para el día siguiente. Era eso un 14 de marzo del 2000. Me tropecé contigo antes de personarme en el Centro de Salud. Entonces me conocías del Bar86 (luego te explicaré algo más) e ibas acompañada de tu cuidadora. Gritaste y me señalaste con un dedo. Eras increíble, con lo chiquitina que eras. Tu padre actuó como si no me conociera de nada. Me trató como a una desconocida. Alma no se sentía a gusto con él, que le recetó un hipnótico. Y yo estaba anonadada. Llegué a sentirme enfadada pero al ir a salir por la puerta, él me tocó el hombro y me guiñó un ojo. Alma lo atacó. Me dijo que de lejos parecía otra cosa pero que de cerca dejaba mucho que desear. Era injusta. Quería quitármelo de la cabeza. ¿Y yo por qué tenía que defenderle? No era a mi abuela a quién él tenía que gustar. Pero sentí frío. Fue tan profesional. ¿Era siempre así cuando ejercía? No era lo que había comprobado en mis anteriores visitas al ambulatorio central, a través de sus pacientes. Entonces me había parecido muy cálido. Y me desorientó.

Pero vamos contigo… Un día me cogiste el bolso de la silla. Yo incluso me levanté de la impresión que experimenté pero, al ver mi cara, lo dejaste de inmediato. Tu padre, como un resorte, también se levantó. Y los dos descansamos cuando soltaste el bolso. Aunque a partir de ese día no dejabas de hacerme muecas, de las que yo me desentendía. Eras una niña muy consentida y te llamaba la atención aquella especie de invisibilidad con la que yo te trataba. Así que otra tarde, te pegaste al cristal desde el exterior y con las manos abiertas sobre él me mirabas con los ojos de la incomprensión más grande, hasta que se te saltaron las lágrimas. Tu padre, que ya se iba contigo, trataba de tirar de ti pero tú no te despegabas empeñada en sostener mi mirada. Al final, él lo consiguió: «Vamos, hija» -te decía. Pero te fuiste a rastras suyo, vuelta hacia atrás, sin apartarme la mirada. Cuando te lo pregunté, si no lo recordabas, me dijiste que no pero también que pensabas que eso había sido porque «querías mucho ser mi amiga.» Eras así de linda e inocente. Sí, ya sé que me repito pero quizá tú ahora lo recuerdes. Sería posible, porque es una memoria que hemos construido juntas.

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20. El contacto con el señor Palmer

En la ciudad origen

A 19 de Noviembre/ 2021

Querida Laura:

Aquel día del mes de marzo del 2000 no sé si fuiste saltando, como acostumbrabas, desde tu casa, de su mano, hasta el patio del colegio, donde no tuviste una de tus rabietas, porque nadie le preguntó por eso.

Esa mañana tu padre no se había sentado con ellas. Se quedó en la barra, leyendo el periódico, cerca de mí. Todavía estaba resentido conmigo (el motivo no lo recuerdo). De vez en cuando me miraba de soslayo, para comprobar si yo le miraba. Que no se sentara con ellas a mí me agradó. Mi madre se ríe y me dice: «Éste está distinto.» Seguía muy serio pero estaba intentando conectar conmigo. Me estaba poniendo nerviosa, así que abandoné el Bar86. Me quedé jugando con la cocker del establecimiento de al lado, mientras mi madre depositaba el importe de nuestros cafés en la barra. Él salió detrás de mi madre. Creo que pensó que yo estaba dentro de la librería, porque en esa dirección iba él. Y se sorprendió al encontrarme por los suelos. Me volvió a hacer sentir pequeña.

A las once, mi abuela y yo, con la que me había reunido, pasamos por delante de la oficina de tu madre. Tu padre estaba dentro. Cuando bajábamos por la calle de los Andújares allí nos cruzamos. Volvió a imitarme. Estaba, de nuevo, jugando conmigo. Esta vez se llevó unos papeles a la boca, de la misma manera en que yo lo hacía. Entonces, no lo pensé. Dejé a Alma alucinada y sin darle explicación alguna me fui detrás suyo, por la calle de los Zapicos. Tenía que hacer algo. Le seguía de lejos. El semáforo estaba en rojo. Le di alcance. Estaba muy próxima a él. Por dentro algo me incitaba: «Hazlo, hazlo, venga.»

– Hola -le dije.

El ladeó su cabeza y »hola» -me contestó. Entonces, yo balbuceando, añadí: «Tengo la sensación de que estás enfadado conmigo y no quiero que lo estés.»

– No entiendo de qué me hablas.

El semáforo se puso en verde y cruzamos.

– No puedo hablar. Es que no sé que decir. Hice esto y no pensé. Y no te quiero molestar -añadí.

– No me molestas. Ven, vamos a hablar. Es que no me esperaba que hicieras esto -dijo un poco sorprendido.

– Es que no sé qué decirte. Ayúdame.

– Sí, ven. Yo te ayudo. A ver, cuéntame. ¿Qué te pasa?

– No, si no quiero que me pases consulta -dije riéndome.

Él también rio.

– No pretendía que pareciese eso. ¿Vamos a tomar algo?

– Sí pero ¿a dónde?

– Ahí, ¿por ejemplo?

Cruzamos la calle y entramos en el Golden Eyes. Yo no conocía la cafetería. Vi una barra pequeña, en un lateral. Me pareció el lugar más a propósito. Había una luz muy tenue. El lugar estaba como en penumbra. Me fascinan los lugares así, íntimos. Pedí un agua y él una manzanilla.

– ¿Estás enfermo?

– No, es que llevo muchos cafés.

Hubo un silencio. Y él dijo: «Hay una atracción.» Sí, claro que la había. Le expliqué que no había premeditado aquello, que sentí el impulso de hacerlo, porque hacía unos días me había ocurrido algo doloroso. Y que me sentía mal allí. Como si lo hubiera forzado a él y lo hubiera comprometido.

– ¿Estamos haciendo algo malo?

– No -le contesté. Como dudando porque no estaba demasiado convencida de que no lo fuese.

– Tranquila. No me molestas. Iba a Hacienda solamente. Y puedo hacerlo más tarde. No tengo nada que hacer, hasta las dos.

Me tranquilizó por completo. Me distendí. Me preguntó cómo me llamaba. Lo único que sabía de mí, al parecer, era que me gustaba el tenis. Él creía que yo era de fuera de la ciudad origen. que vivía con mi abuela. Me hizo hablarle de mi trabajo. Le dije que era astróloga.

– ¿Por qué te relaciono, entonces yo, con la medicina?

– Como no sea por lo de curar el alma -le contesté volviendo a reír.

– ¡Qué bonito eso de curar el ama! -dijo él.

Yo reía y sonreía todo el tiempo. No era una pose. Brotaba natural. De repente me encontraba muy bien a su lado. Le conté que hacía dos años y medio que había dejado de fumar, que había sido un cambio radical de hábitos.

– O sea, que tienes fuerza de voluntad.

Yo nunca lo había mirado así pero sí, podría decirse que sí, ¿no?

– No. Necesitaba correr y si fumaba no podía. Quería aprender, ¿sabes?

Me preguntó por Coga. Le conté que ya no podía hacerme daño, que otro sí pero él no. Me dijo: «Te has puesto la coraza, ¿eh?» Asentí. Se había fijado en mí lo bastante para saber que eso era lo que yo hacía. Era estupendo estar con él. Me sentía muy a gusto. No estaba acostumbrada a esa sensación. Ni con amigos, ni con familia, ni… Mi abuela era una excepción. Supongo que era porque no la consideraba un peligro.

– ¿Y tu marido consiente?

Empleó un tono ácido. ¿Por qué me estaba preguntando? ¿Por el deporte? Por su tono, y quizá por lo que expresaba de manera tácita, yo supe que él no era de los que consienten.

– ¿Y con quién duermes mejor? ¿Con tu abuela o con tu marido?

– Con mi abuela, por supuesto. Calor de hogar. Yo es que soy muy tímida.

– ¿Ah sí? Pues quien lo diría.

– De verdad, esto fue…

Y le expliqué que yo me sentía muy mal, por el cariz que habían tomado los encuentros entre nosotros. Y le expliqué… Bueno, al entrar en la cafetería él había reconocido esa atracción que existía y al reconocerlo fue fácil hablar de ello. Y le hablé de Hudson… Él no recordaba el incidente sucedido en su consulta. Y le hablé de lo mucho que me había gustado lo que habíamos estado viviendo hasta entonces. Le dije que esas cosas estaban bien mientras no le hacían daño a nadie. Que le había visto perder peso, parecer enfermo. Él me dijo que estaba en crisis, que hasta entonces, trabajando y con su familia, siempre estaba muy ocupado. Luego, había tenido mucho tiempo para pensar. Había cosas que le gustaría tener para él solo. Los años (tenía 42) decía que comenzaban a notársele, las arrugas. Yo podía entenderlo porque empezaba a tener grandes problemas con las mías. Pero yo amaba sus arrugas. Quiero decir que a mí qué me importaban sus arrugas. Me sorprendió su edad pero reconocía que me habría sorprendido mucho más en el agosto pasado. Pensaba que era más joven que Coga.

– ¿De qué cosecha es él?

– No es de ninguna cosecha. Mi marido nunca fue como un vino. Más bien como una gaseosa. Yo que sé.

Nos llevábamos diez años.

– Una década -dijo él, valorándolo.

Eso, que era cierto, que había una crisis, que quizá a los 40 años no lo notó. Pero sí ahora. Y yo estaba dentro de ella. Le conté que yo entraba en crisis todos los días. Nos entendíamos. Era muy sencillo hablar con él. Luego le expliqué que había visto a su mujer sufrir.

– ¿Ah sí? ¡Pobrecita!

Su tono fue despiadado, de crueldad absoluta.

– Bueno, quizá fue una percepción mía equivocada. Pero yo creí que ella sufría.

Pareció que se calmaba. Y, con un tono que podría decirse era de dolor, añadió: «Muy bien. Quizá si sufría. Eso está bien. Que sufra.»

Le guardaba mucho rencor. Ella tenía que haberle hecho mucho daño. No sé cuándo ni cómo. Pero tenía que habérselo hecho. En aquel momento no me pareció que la quisiera. Yo siempre había pensado de él que era un hombre absolutamente refugiado en su hija. Era increíble. Estábamos hablando en profundidad y resultaba sencillo hacerlo. Ocurría. Eso era todo. Sólo me sorprendió que no me miraba. Casi me eludía. No era como cuando nos veíamos por la calle. Era excesivamente tímido. Yo tenía debilidad por los hombres así. No me iban los lanzados ni los caraduras.

– ¿Quieres que te dé mi teléfono?

– Sí.

Y se lo di. No lo utilizó. Le pregunté por su fecha de nacimiento. Quería entender lo que me unía a él.

– Pero no me digas nada malo, ¿eh?

– No, tranquilo. Yo sólo digo cosas buenas. ¿Y tú? ¿Eres malo?

– Sí -asintió.

¡Woaow! En aquel momento fue una tentación.

– Bueno, el mal es mucho más interesante que el bien.

Yo también era mala. En realidad, ya me había vuelto perversa. Y si no que se lo preguntasen al pobre Hudson… ¡Ay! -pensaba yo. A veces era tan «divertido» el mal…

– ¿Vas a decírselo?

Le preguntaba si iba a decirle a tu madre que nos habíamos conocido. Me tranquilizó de nuevo.

– No. Tengo vida privada.

– Mi amiga dice que todos los médicos tenéis vida privada. Que es la profesión de la doble vida. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Vamos a saludarnos?

– Sí, por qué no -me contestó.

Yo no quería hacerlo. Quería que él fuese como un secreto. ¿Qué le importaba a aquella gente lo que sentía por él? Le expliqué que yo era mucho más «sociable» de lo que demostraba ser en el Bar86. Que mi situación en ese lugar era muy particular y que no quería conocer a nadie. Porque cuando conoces la gente en seguida te hace demasiadas preguntas. Y tienes que empezar a justificarte. Le dije que yo quería ir, entrar, salir y no tener que dar explicaciones de nada. Por la libertad se pagan precios. ¿Sabes lo difícil que resulta ser el blanco de la negatividad de un grupo? Tenía que luchar a mi manera contra ello.

– ¿Y dónde nos conocimos? Porque si esta mañana no nos conocíamos y esta tarde nos conocemos… -le pregunté.

– Del bar. Es lógico que acabemos por saludarnos -me contestó.

– ¿Y podemos hacer como que no nos conocemos? -le pregunté, insistiendo.

– Sí… más morbo, ¿no?

– ¿Morbo?

Tu padre no lo podía saber. Pero para mí esa era una expresión problemática. Cuando Hudson me había contado su relación con la mujer que me precedió, me dijo que había durado ocho años porque le daba morbo. Yo no entendía de qué me hablaba, porque a mí aún no me había sucedido. Pero sonaba a peligro, esclavitud, pasión incontrolable, a salirse de lo corriente y a nada sano, por supuesto.

– Sí. Más furtivo -dijo.

– Furtivo. Sí.

Eso sí que podía entenderlo. Experimenté unas ganas locas de besarlo. Había saltado esa chispa. Había «feeling», química. Lo que a Hudson y a mí nos faltaba. La atracción allí estaba. Era muy fuerte. Tiraba de mí hacia él. Como un manto envolvente de magia. Como la capa de un mago. Eso, atracción salvaje. Magnetismo. Fascinación. Sé que me parecía estar flotando. Fuera de allí. Ya no estábamos allí. Era un universo diferente.

– Esta letra… Esta letra la conozco -observó al coger en su mano la servilleta donde le había escrito mi nombre y mi teléfono.

– ¿De qué? -sentía mis labios engordándose hasta límites insospechados.

Y estoy segura de que mis pupilas habían crecido hasta sepultar por completo el iris de mis ojos. Sé que fui un eclipse de luna, porque fui más, mucho más, que una luna nueva.

– No. Cuando llegue a casa y lo compruebe ya te lo diré.

– No, dímelo ahora, por favor.

Recuerdo haber estado muy pegada a él, casi rozándolo. No me culpes, no era yo. Era la atracción. Sé que no vas a creerme pero no tengo porqué mentir. Nunca hasta él así. Hudson estaba en lo cierto. Nos faltaba eso que tenía que haber. Con razón él me decía: «No, Carmen. Yo no te gusto. Siempre me rechazas.» Tu padre me gustaba tanto. No había nada que imaginar. Sucedía. Era la magia.

– Tengo que irme.

– ¿A dónde?

– A Planificación Familiar.

– ¿A qué?

– A planificar la planificación familiar.

Quería ser sincera con tu padre y tu padre intuía que no era por Coga por quien se lo decía, sino por Hudson. Nos levantamos. Tu padre no tenía marcadas las arrugas de la risa.

– Te he visto por el Centro de Salud de Fitero -dijo.

– ¿Y en qué ambulatorio no me habrás visto tú a mí?

Era vergonzoso. Le había perseguido por casi todos.

– ¿Y quién es tu médico?

– El doctor Ignacio.

No sé si él esperaba que le pidiera que me atendiera como paciente. Pero eso jamás se me pasó por la cabeza. Le expliqué que lo que había sucedido, eso de que yo le tratase… era difícil que se repitiera, que hasta quizá cuando lo viera lo evitase, que yo era así.

– Pero, ¿por qué?

– No lo sé. Porque yo soy así. Ayúdame tú.

– Sí, sí, no te preocupes. Yo te ayudo.

Eso dijo él: «Yo te ayudo.» ¡Ay! Las palabras mágicas. Con el ‘abracadabra’ se podrán abrir cuevas de ladrones. Con el ‘yoteayudo’ me parece a mí que se dio un paseo por mi alma. ¿Qué si me pesa? No, fue todo muy bonito. Ya me pesará cuando me pese.

– ¡Qué extraño! -dijo.

Nos mirábamos allí de pie. Muy próximos. Él inclinando la cabeza como si se sintiese tentado de besarme. Yo con mis ojos y mis labios levantados hacia él. Hubo mucha magia en ese instante. Ya, sé que me repito.

– Pero ¿bien? -le pregunté.

Tu padre asintió. Aún le recuerdo así, allí.

– Tenía que haber hecho esto hace mucho tiempo -le dije.

Cómo me gustaba y cómo me estaba costando separarme de él. Pero tenía que irme.

– No te preocupes por mí. Vete. Yo te invito.

Además era considerado. Y eché a correr. Llegaba tarde. Estaba feliz, inmensamente feliz. Era mejor, mucho mejor, de lo que yo me esperaba. ¿Hablar? Pues claro que se podía hablar con él. Alma estaba esperándome en el Centro de Salud. Me había visto a lo lejos, alcanzarle. Y, luego, le pareció que íbamos juntos. Estaba muy disgustada conmigo. Llamé a mi amiga: «¿Sabes a quién conocí hoy?» Sólo quería vengarme, lo reconozco. No te voy a hablar de ello a ti pero meses antes ella me había hecho mucho daño con el asunto. «¿Pero cómo fuiste capaz de arriesgarte así?» -me dijo. Se lo conté pero por encima y porque sabía que iba a morirse de la envidia. Ella y yo no valorábamos las mismas cosas. Para mí hubiese sido lo mismo que tu padre fuese electricista, que obrero de la construcción. Era una cuestión de otra índole lo mío. Necesitaba que él tuviese cabeza, mente, «tarro», «coco», llámalo como quieras, aunque yo no lo tuviera. Y mi amiga sólo veía lo que él era: un médico con fama de Don Juan.

Por la tarde me reuní con Alma en el Bar86. Y sí que daba morbo aquello. Era una situación en extremo excitante. Había desde aquella mañana un pacto secreto entre nosotros. La connivencia de las llamas. Mi actitud cambió mi posición en esa mesa. Yo aquella tarde ya sabía que él deseaba mi presencia allí. Ya no era una entrometida. Éramos más bien, cómplices. «‘¡Qué extraño!» -había comentado él. Eso fue cuando estábamos esperando para pagar en la barra, donde nos envolvieron los hilos de la magia. Sientes que ni siquiera pisas el suelo, Laura. Son las telas del cielo de las que habló Yeats. El amor se averigua así. Él dijo «¡Qué extraño!» y en verdad lo era.

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16. Las hojas volantes

En la ciudad origen

A 19 de Noviembre/ 2021


Querida Laura: 


Sí, el vértigo. Yo era el abismo emocional que llamaba a tu padre. Lo presentía. Quizá tú esto no lo entenderás pero todo lo que hago es referirme a ‘La insoportable levedad del ser’. Aunque habré de ser original.


En noviembre todavía, ese noviembre de 1999, sucedió algo de lo que aún no te he hablado. Se me ocurrió, entonces, la idea de la hoja volante. Había un cuadro del expresionista Kirchner, ‘Escena de calle en Berlín’, que parecía ser un retrato suyo; en realidad, salvando el anacronismo, nuestro, de nuestros encuentros. Utilicé esa escena y un texto que escribí a propósito: ‘No te alejes sin verme’. En el que relataba uno de nuestros encuentros. Salí de casa de mis padres, había dormido allí, antes de las cinco de la mañana. Fue la primera vez que me adentraba en la oscuridad de ese modo y con el fin de encintar esas fotocopias, que realicé, por todo el itinerario que él acostumbraba a seguir, partiendo de una especie de tablón de anuncios que existía bajo el portal de vuestro edificio: el único lugar en el que el cuadro estaba en color.  Sentía cosquillas cada vez que veía que un transeúnte se detenía, en esta ciudad que yo había empezado a empapelar, delante de mis hojas volantes, a leer con atención. Más adelante escuché que eso era algo que Cortázar solía hacer también por las calles de París; y eso, a pesar del tiempo que había transcurrido, me reconfortó y me reconcilió conmigo. Quizá no fuese, pues, una locura, después de todo; quizá fuese sólo una manifestación de la creatividad que me estaba pulsionando. 


La segunda hoja volante era un fragmento muy especial que explicaba mi naturaleza evasiva, y que pertenecía al relato que había escrito para un poeta al que había conocido en una playa.


«Instintivamente me icé como un velaje de navío viejo; me levé las áncoras de la lasitud y zarpé rasgándole estelas a la arena… Iba abrazada a mis cismas y discordias, a mis incisiones y hendiduras. Iba advirtiéndole con alusiones de éxodo marino. Avisándole en huellas tortuosas, citándole en pisadas obscenas, requiriéndole en las marcas húmedas y sinuosas. Iba, en cifra, solicitándole, convocándole en clave de ‘bordeo de litoral’… Y caminé poseída por la ribera brumosa. Recorrí en siete declinaciones el largo margen de calinas. Presagiaba que mi lejanía de escrito hermético le atraería a mí. Pero hoy ya sé que ese andar calmo me está conjeturando las estaciones. Está buscándome la curva oportuna para coincidirse o el sesgo adecuado. Ahora sé que no me evita, es que él no sabe que hacer para que yo no le escape. Ignora que si le esquivo, simplemente me ocurre la huida. Me fugo sin quererlo… eso es todo. Y le eludo porque no puedo afrontarme, porque padezco de miedos irracionales, porque es mi esencia inconsciente y me desespera el no poder sortearme para terminar con lo pasajero. No puedo precaverme contra mis ‘arrebatos’ de humo efímero. Me sobrevienen de manera misteriosa y de forma disfrazada. Y por eso le necesito, para que desee averiguarme y me detenga; y porque me desconoce si no me interviene, no podrá impedirme mi porvenir de evaporarme siempre…»

Cuando tuve que ponerle un título le di el de ‘La poesía de las mujeres pez’. La imagen que lo acompañaba no sé a qué ilustrador pertenecía. Pero sabía que tu padre no podría evitar reconocerme en ella: era la de ese calendario que había introducido por debajo de la puerta de su consulta. 


La tercera hoja volante era una despedida. La firmaba Laura Avellaneda y a él lo llamaba Santomé, que son los protagonistas de ‘La tregua’ de Mario Benedetti. El cuadro que elegí para esa ocasión era ‘La dama de azul’ de Camille Corot. Creo que Hudson, que vivía relativamente cerca, ató cabos y llegó a pensar que las hojas eran mías y que estaban dirigidas a él. Pese a que nosotros ya nos relacionábamos de tú a tú con cierta asiduidad. Todo esto que yo te estoy contando no me eximía de estar atrapada en la relación con un misógino y la sordidez seguía sucediéndome. Tu padre era una forma de evasión.

 
Dejaré de cartelear la ciudad origen, porque era peligroso. Algún susto me llevé a esas horas de la madrugada pero me sentía valiente. Aunque te mentía sin querer. Acabo de recordarlo. Habrá una última hoja volante. Pero esta distinta, porque era una especie de cartel publicitario en el que constaba mi teléfono móvil. El que me había comprado sólo con el objeto de que tu padre pudiera ponerse en contacto conmigo, si lo deseaba. La fotografía era la misma de su consulta, sólo que ampliada (llegué a hacer un cartel de grandes dimensiones, que coloqué en una de las salidas de la ciudad origen, y que cualquiera que pasase por allí no podría evitar ver). Y, el texto, un fragmento de ‘Astrología de las relaciones’ de Richard Idemon. Pero el teléfono era el de Diana Arte. Ese me dolió verlo pisoteado en tu portal. Yo me imaginaba que por la rabia de tu madre. A quien nunca tuve intención de hacer daño. Porque cuando yo pensaba en tu padre pensaba en vivir una aventura. No en romper una familia, Laura. Las relaciones no pueden ser eso tan posesivo en lo que las hemos convertido. Pero qué te voy a contar a ti de eso, ¿no? 

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12. Mi lugar en el mundo

En la ciudad origen

A 18 de Noviembre/ 2021


Querida Laura:


Septiembre del año 1999 llegó a su fin y con él la sustitución que hacía tu padre. Eso me dejó muy triste, porque ya no iba a poder ir a mirarme con él como venía haciendo. Pero otra vez la suerte se puso de mi parte. Y a los pocos días le vi a la salida del colegio en el que acababa de dejarte. Sobre ese colegio se levantaba otro centro de salud. Estudié sus ventanas y en la segunda planta descubrí mi lugar en el mundo. Cada mañana me situaba allí a esperaros. El primer día con mi abanico en la mano, para llamar la atención de tu padre, que a cada día que pasaba se iba adelgazando más. Era como si se estuviera consumiendo. Quería creer que de amor por mí pero he demostrado tener una personalidad delirante y no sé hasta que punto eso era imaginación mía. Sobre ese centro de salud puedo decirte que sí que llamé la atención del personal médico con mi conducta pero nadie se atrevió a decirme nada. Y me mantuve firme allí todo ese curso escolar, en mi ventana abierta al colegio. ¿A que, por lo menos, romántico era?


Otra tarde descubrí que tu padre y tu madre, tras tu salida del colegio y la de tu hermano, frecuentaban el Bar86. Y no me lo pensé dos veces. Me cité con Alma allí. Eso tú no pienses que fue sencillo para mí. Fue un mal trago pero tu padre acabó por encajarlo. Y hubo un día en que comenzamos a jugar al eco de las posturas. Y él, turbado como estaba, hacia un gesto muy tierno para comunicarme que era inofensivo. Se introducía las manos por entre las mangas de su chaqueta de chándal. A esa hora él solía vestir deportivo. Ese día fue más que maravilloso, fue mágico. Pero… (Parece que en todo cuento de hadas tiene que haber un pero, ¿no?) Pero había un hándicap grande. La «caterva» de madres, alguna también enamorada de tu padre, que ocupaban aquellas mesas y sillas. Y que en seguida se percataron de cuál era la coyuntura. Yo las llamaba la jauría, porque convirtieron mi vida en un infierno, con sus burlas y risas de hiena. Aunque no lograron acobardarme. Por las tardes iba acompañada de Alma y por las mañanas iba con mi madre. No todos los días pero muchos. Para que te hagas una idea de cómo eran. La primera vez que me vieron con mi madre, la alfa del grupo, Somoza, dijo para que yo la oyera: «Hoy va con una gorda.» Y todas se rieron a carcajadas. Llegué a tener un enfrentamiento, en la calle, con una de ellas. A la que yo misma llamaba la gorda, a pesar de que no lo era. Pero era la más bruta y la más fea. Casi llegamos a las manos. 


Al principio tu padre no se relacionaba con ellas  pero no adelantemos acontecimientos… Y fue así como me introduje en «el coto privado de su vida». Eso es de una canción de Sabina. 

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9. La vida del señor Palmer

En la ciudad origen

A 16 de Noviembre/ 2021

Querida Laura:

Tu padre, con la compra hecha, iba a visitar a tu abuela cada mañana y no sé si los domingos. Después dejaba las bolsas en casa e iba en busca de tu madre. Ellos, a la hora del café, solían frecuentar un bar del centro, que estaba no muy lejos de la oficina de tu madre, en la calle de la Esperanza. No es que le espiara (alguna vez he echado a correr, al verlo, detrás de él) pero me iban cuadrando las cosas, a base de hacerme la encontradiza y si él hacia el amago de moverse en mi dirección, como un ave, le volaba.

Una mañana mi madre estuvo dispuesta a acompañarme en la que se estaba convirtiendo en mi odisea. Cuando nos cruzamos con él, mi madre estuvo de acuerdo conmigo en que el señor Palmer era un hombre muy interesante. Ella misma me compró un anillo de oro, en una joyería de la zona de la que tenía cupones, para que él supiera que, en realidad, no era peligrosa, porque estaba casada. Si seré peculiar que hasta tenía una madre y una abuela tan peculiares como esas. Aunque mi abuela siempre preferiría a Hudson, por encima del señor Palmer.

Pero llegó septiembre y dejé de verlo. A los pocos días, muy temprano, porque tenía cita con mi médico, antes de irme a jugar al tenis (quiero decir que llevaba mi raqueta en la mano e iba vestida de tenista), en la calle Real me salió al paso, cuando él abandonaba el parque inglés que, al parecer, cruzaba para dirigirse a su trabajo en el ambulatorio central, porque llevaba el maletín en la mano. Me frené de inmediato en la calle, no estaba preparada para ese encuentro. Él también se quedó muy sorprendido. Era como si el azar nos acercara. Percibí la magia, en contadas ocasiones, tratándose de tu padre, he dejado de percibirla. En fin, que le dejé ir o él siguió su curso. Lo que menos esperaba yo era que cuando estaba sentada en la consulta del doctor Ignacio, tu padre saliera a llamar a una paciente desde la otra puerta. «¡Caramba, don José! -dijo. Cuídese mucho.» ¡Caramba! -sonaba anacrónico. Su voz tenía un deje metálico que no me disgustó. Mi corazón quería salírseme del pecho como en la calle había sucedido hacía esa media hora. Llamó a una tal Ibérica, que no se había presentado. Y eso me dio una idea. «Será la península» -dijo. Era irónico. Cuando se retiró me dirigí al letrero con el nombre del facultativo que figuraba al lado de su puerta, que él dejó entreabierta. Pensé que ya sabía su nombre. Aguardé a que saliera la paciente de mi médico. Él cuando me vio alzo la voz y me dijo: «¡Hombre tenista!» Siempre se alegraba de verme, decía que yo era un torbellino, que se lo revolucionaba todo. «Se me ha hecho tarde -le dije. Mañana vengo a verte.» Y me fui pero cuando llegué a casa marqué el número del ambulatorio para pedir cita, primero, con Don José Cienfuegos. Y fue cuando me dijeron que estaba de vacaciones y que su sustituto era don Primo Palmer.

No dormí mucho esa noche. Había pergeñado un plan. Elegí un calendario que conservaba desde hacía mucho tiempo. Era la imagen de una mujer hermosa, escribiendo, con su chal malva y el hombro al descubierto, sobre un cuaderno. La escaneé en papel fotográfico y escribí por detrás: «Me atraes pero al mismo tiempo me das miedo.» Aguardé esa mañana, desde muy temprano, la llegada de tu padre por la calle. Yo misma llevaba un chal malva, también una peluca, que igualaba mi cabello con el de la mujer. Él levantó los ojos hacia mí. Era un ejemplar de hombre muy bello. Eché a correr y deslicé, bajo su puerta, el pequeño sobre en el que la había introducido. Luego, esperé escondida en el baño a que mi médico me llamara. El doctor Ignacio estuvo de todo menos natural. Alzando la voz de aquella manera, mientras me interrogaba por mi vida. Yo creo que lo mío con tu padre fue público y notorio desde ese primer día.

Más difícil fue convencer a mi abuela para que representara un papel. Había regresado a casa, me había cambiado de ropa y de peinado. La senté a ella en la consulta de tu padre. Mientras yo me quedaba de espaldas a la puerta, con un espejo de bolsillo en la mano, para poder observar su reacción. Él no tardó en darse cuenta que era yo, con uno de mis disfraces. Me di la vuelta entonces, y si estaba enfadado conmigo en ese momento se relajó. Le esperé cada día, durante las siguientes semanas, al pie de la ventana desde la que se contemplaba la calle. Sólo para mirarme con él ese instante. Luego, me escondía en el baño, para evitarlo. Y a veces regresaba con mi abuela. Era un juego, el juego de la seducción pero yo no era una «buscona», al menos en ese momento no.

Lo más divertido de todo fue cuando se me ocurrió concertar una cita para Diana Arte Misa. Me resultó increíble que la encargada de tomar nota aceptase el nombre tan tranquila. Ahí sí que fue difícil convencer a mi abuela para que se sentase a esperar delante de su consulta. Él ya nos relacionaba. Yo la esperé en un bar cercano. Tu padre salió con la lista en la mano a llamar a su paciente, como era su costumbre, pero abrió la boca y volvió a cerrarla. Luego requirió la presencia de la enfermera y también de otra enfermera que acertó a pasar por allí. Y los tres se congregaron sobre la hoja de papel con los nombres. Cuando me lo contó mi abuela yo me moría de la risa. Estaba segura de que él sabía que había sido cosa mía.

Esa misma tarde volví a verte a ti. Tu padre te llevaba al colegio con tu bicicleta. Me recordó eso, inevitablemente, a mí y a mi abuelo. Mi buen amor. Y lo que dijo Kundera acerca de las metáforas: «El amor puede surgir de una sola metáfora.» Los dos habíais inscrito vuestras primeras palabras en mi memoria poética, en ese territorio donde os salvaguardo todavía.

Un beso.

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6. El hombre de mi vida

Habrían de transcurrir muchos meses, fue bien entrado el verano, un 5 de agosto del año 1999, para que pudiera tropezarme con él una mañana, la peor mañana del mundo. No te explico el banal motivo. Pero insegura de mí misma como me sentía, no fue del todo, ese nuevo cruce de miradas, como yo hubiera deseado. Aunque la sorpresa me la deparaba la tarde. Bajaba con mi abuela, más linda imposible, la calle donde vivías. Y entonces le vi contigo, tu cabecita apoyada sobre su hombro, en sus brazos. Tenías cinco años. «¡Vaya -dije para mí- sí es padre!» -sin poder disimular mi asombro. Fue esa su primera sonrisa. La que le causo mi evidente reacción y la que me deslumbró. Un enjambre de mariposas, las que hasta entonces yo no sabía que contenía, me volaron desde el plexo solar hasta el cielo de la boca. Y no podía sentirme más turbada. Él apuró el paso para coincidirse conmigo. Una mujer rubia caminaba por delante suyo y lo esperó en el portal del edificio donde teníais vuestra casa. Perdona que sea tan gráfica, podría resumirlo en dos palabras. Pero a mí lo que me espera ya es sólo la muerte en vida. Y soy consciente de que éste es el último sentimiento al que puedo aferrarme. Quiero decirte que sentimientos los hubo desde ese momento. Sentimientos que llegarán a ser muy profundos y que por eso, desde el principio y por algo que más adelante te contaré, tú y él fuisteis un tándem.

A la mañana siguiente, temprano, fue casualidad que volviera a verlo subiendo esa calle. Él también me vio, iba por delante mío y mi corazón fue un hiato. Él llevaba, sujeto a su pantalón, un teléfono móvil casi del tamaño de un ladrillo. Nunca antes había visto uno. Yo le iba detrás pero a cierta altura él se giró, por completo, para comprobarme. Entonces, mirándole desorbitada, aceleré yo el paso y lo dejé atrás como una exhalación. Cuando llegué a la altura de la pescadería me detuve a acecharlo. Él se introdujo por el callejón que va a dar a la calle de la Saliva. Y, sin pensármelo dos veces, decidí ir a su encuentro. Había cruzado de nuevo la calle y me miraba desde el otro lado, alegre y a la expectativa. Me aseguré de que él supiera que mi gesto tenía la razón de ser de decirle que deseaba iniciar un juego con él. Me comportaba como una niña y él supo interpretarme. No me cabía ninguna duda. Entonces me giré y eché a correr. Al retomar mi posición en la pescadería, la de la calle Doctor Lesmes, él desde la puerta del supermercado, que aún no había abierto sus puertas, seguía pendiente de mí. Tu abuelo se unió a él y me fui, No me importo, por supuesto, lo extraño que le pareció mi comportamiento al dueño de la pescadería, que me observaba. Siempre lo hacía y aunque en varias ocasiones había tratado de entablar conversación conmigo jamás le dirigí la palabra. Tenía muy claro cuáles eran mis límites: la que elegía era yo. Y a tu padre decidí convertirlo, ese día, en el hombre de mi vida.

No sé porque razón intuí que el señor Palmer era un animal de costumbres. Así que aquella mañana, cuando me arreglé, pensé que sabría donde esperarlo. Me situé justo en el escalón de una tienda de ventanas, la que hay frente al supermercado. Eran las nueve y cinco, cuando llegué, y sólo tuve que aguardar unos minutos hasta que él avanzara hasta la caja. Parecía abatido pero de nuevo su semblante se iluminó cuando me descubrió en mi atalaya. Creo que ni siquiera miró a la cajera al entregarle el importe de su compra. Sus ojos no se apartaban de mí y, en el minuto en que tu abuelo llegaba a la caja, tu padre cruzó la calle en mi dirección. Tu abuelo se dio cuenta en seguida de que allí sucedía algo. Pero yo no sé en verdad como hubiera actuado si en ese preciso momento la dueña del establecimiento que yo ocupaba no hubiera abierto la persiana de su negocio, asustándome.

Por la tarde, la del último eclipse solar del siglo, mientras yo iba montada en el asiento del coche de Coga, vosotros estabais detenidos en el semáforo que hay debajo de tu casa. Él te llevaba cogida de la manita y era, de nuevo, el mismo hombre abatido que había asomado en él esa misma mañana. Me recordó a un poema de Benedetti, ‘Cinco veces triste’: «Lo que conoces,/ es tan poco/ lo que conoces de mí./ Lo que conoces/ son mis nubes,/ son mis silencios,/ son mis gestos./ Lo que conoces/ es la tristeza/ de mi casa vista desde fuera./ Son los postigos de mi tristeza. / el llamador de mi tristeza.»

Te dejo aquí, ahora, querida Laura. No quiero cansarte.

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5. El comienzo de la primera carta a Laura Palmer

En la ciudad origen

A 15 de Noviembre/ 2021

Querida Laura:

Tenías 9 años y yo no había conocido a nadie como tú. Te me habías metido en la piel y decías que querías ser astrónoma. Así aprenderías a leer en las estrellas fijas no sólo los nombres o las desgracias o fortunas que desde siempre van asociadas a ellas, lo que yo conocí… Y así dirías Algol, Aldebarán, Altair y me enseñarías algo más allá de lo que nunca descubrí en Las Pléyades, algo más cierto o más incierto pero sin duda algo más real. Antares, Vega, Arcturo, Achernar nos estaban esperando.

Verás, comencé a escribirte esta carta en el Camino de Santiago, en el año 2009, sirviéndome para ello de los libros de peregrinos que existen en los albergues de la ruta. Quería contarte una historia, pensaba que te la debía y esa me pareció una manera poética de hacerlo, aunque esos libros no están pensados para ese fin.

Mi historia se iniciaba en enero del año 1997, un 5 de enero para ser más exactas. Ese día fui al médico con mi madre pero cuando pasamos al interior de la consulta no era el doctor Ignacio, mi médico de cabecera de siempre, quien se sentaba delante de la mesa sino tu padre, un mero desconocido, el señor Palmer. Experimenté por él una repentina antipatía. Y creo que pudo haber sido mutua, porque yo le estaba hablando de mis cervicales y él me replicaba que era demasiado joven para sufrir de eso. Aún así me extendió la receta que le pedía. Era el mismo antiinflamatorio que utilizaba para paliar mis migrañas. Sé que fue exactamente ese día porque esa tarde, a última hora, me voy a sentir enferma. Siempre diré que el amor se adentró en mí como una gripe, porque durante seis días estuve delirando por la fiebre. Es seguro que ya la incubaba pero no había sufrido una gripe desde los 14 años, y ésta me tuvo temblando durante más de un mes. Y tardé aún más en recuperar el gusto y el olfato.

En abril, un lunes, cuando me encontraba en la Plaza de Abastos, también con mi madre, volví a verlo. Él rebuscaba, con la mano libre que no sujetaba su maletín, entre las prendas de ropa del puesto de una gitana y experimenté una sensación extraña que no había experimentado antes por nadie. «Vamos a seguirle» -le dije a mi madre. Pero ella me contestó: «¿Tú que estás loca?» Le dejé ir pero la sensación de lo que experimentaba continúo conmigo, era una curiosidad, hasta ahora, inédita. Por aquel entonces yo no sabía diferenciar entre la curiosidad legítima y la curiosidad bastarda.

Algunos meses después, ese verano, será cuando conozca a Hudson con el que me enredo nada más posa su mirada azul sobre mí. Me enredo como una mariposa en la red de un cazamariposas. Hudson era un misógino y yo me obsesioné con él. Pero aún así, cuando vuelva a coincidir con tu padre, en la calle Larga, y me miré con él de acera a acera, con aquella intensidad con la que los dos nos miramos, no podré evitar sentir la misma atracción salvaje. Así que el amor era una reacción alérgica, una fiebre, una extrañeza y una curiosidad innata y, también, una atracción salvaje.

Esa misma tarde, ya oscurecido, tras la cabalgata de Reyes, volvimos a cruzarnos pero esta vez bajo los soportales del Metículo. Como tu padre es tan alto, a pesar del gentío, arrancamos a mirarnos desde lejos. Íbamos uno en dirección al otro pero al llegar a mi altura él bajó los ojos un instante, creo que para comprobar si yo llevaba un niño agarrado de mi mano. Yo venía andando, te lo puedo jurar, desde la soledad más devastadora. Había tenido un enfrentamiento con Hudson y los enfrentamientos con los misóginos son terribles, así que deambulaba desolada y sin rumbo. Pero fue eso, golpearnos tú padre y yo, porque nuestros brazos se chocaron, y experimentar un alivio inmediato. Al llegar a la esquina en la que tu madre tiene la oficina estuve tentada de darme la vuelta e ir en su busca pero pudo más la cordura. Todavía la locura era algo lejano en el tiempo, ya llegaremos a eso. Lo que puedo decirte es que desde ese momento ya fui incapaz de dejar de pensar en él. Y, desde entonces, he pensado en él casi cada día de mi vida.

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227. Mis últimos encuentros con el señor Palmer

En el año 2013, tras la muerte de la madre del señor Palmer, de la que me enteré porque lo busqué en la Red y la Red me ofreció como resultado la esquela, al pasar por el centro de salud de Los Limones lo vi en el exterior y fui a su encuentro para darle el pésame. Él me lo agradeció pero por educación simplemente. Llevaba gafas de vista cansada y estaba más viejo. Y nos acercamos ya a la primavera del 2014. Iba a coger el ALSA con destino a León cuando me encontré con la sonrisa del señor Palmer esperándome. Como me tomó por sorpresa me eché a temblar y eso a él pareció divertirlo. Viajamos juntos hasta León, él por cuestiones de trabajo pero se quedó dormido en seguida. Cuando nos bajamos del coche me dirigí a él para darle un abrazo, que estuvo a punto de no aceptar y me marché apresurada, porque no quería que se pensara que estaba esperando por algo más. Habíamos hablado del Camino de San Salvador que yo pensaba realizar y a él le pareció increíble que fuera a poder moverme soportando ese peso que llevaba encima, que estaba en lo cierto y era excesivo. En este camino me enfermaré, teniendo que abandonarlo en Pola de Lena pero al cabo de unos días, cuando dejé de delirar por la fiebre, le hice llegar un mensaje al señor Palmer que decía: «A pesar de tus dudas pude con la mochila y no me salió al paso ningún oso.» Había quedado en regalarle un cuaderno, uno de mis cuadernos, los que él decía que eran como libros pero ese cuaderno, al final, se fue con Anders, un danés.

Días antes del ingreso en el área de agudos del ala de psiquiatría, en enero de 2017, volví a encontrarme por sorpresa con el señor Palmer en una conocida ruta de la ciudad origen. Yo llevaba a Silvestri en los oídos, gafas oscuras y un sombrero de ala ancha, mi sombrero peregrino. Él tuvo la intención de saludarme pero yo sin dejar de esbozar la sonrisa enigmática que me acompañaba por esos días pasé de largo sin hacer ningún gesto de reconocimiento. Fue la última vez que nos vimos en persona. Porque ya cuando él me escribió, a través de la red social, había transcurrido otro año. Me facilitaba su dirección para que le enviara ese cuaderno que yo le había ofrecido y que ya no tenía en mi poder. Después fui yo la que me puse en contacto con él, le remitía los fragmentos de mi biografía de la que él formaba parte pero él ya no me contestó. Ni lo hizo cuando le comuniqué que pensaba publicar los diarios que escribí durante el año largo que pasé con Laura en el parque de los cerezos. Sí que le dije, desde un principio, que si había echado en falta algo en su casa, había sido yo la que se lo había llevado. Mi carta terminaba así: «El amor adquiere formas inusitadas, querido señor Palmer.» La pequeña matrioshka permaneció durante muchos meses, incluso años, en un sobre que pensaba enviarle pero un día, cuando sentencié que no quería volver a verlo, porque mi propia fealdad, la que se había ido adueñando de mí, me lo impedía, rompí el sobre, saque la muñeca, la abrí, me fijé en que la espiral de la última muñequita estaba rota, y encajándola la puse delante de mí, donde puedo observarla cada día de los días que aún me quedan de vida.

*Escrito en ‘Los arrecifes paradójicos’ un 23 de Enero/ 2022

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